Revista bimestral • Julio-Agosto de 2011 • Año 08
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Aproximación a la Crítica del juicio de Kant en el desarrollo de la Estética filosófica, según Gadamer

Susana Bárbara Vivar Herrera

Resumen:

Gadamer, mediante un sistema interpretativo, hermenéutico, intenta encontrar una cuota de objetividad y verdad en la obra de arte, su posibilidad de mentar algo real. Analizando a Kant, critica el concepto de esteticismo que escisiona la relación arte  realidad, y la “conciencia estética” pues las humanidades cotejadas bajo el método de las ciencias formaron dicho desarraigo.

Es Licenciada en Educación y profesora de Artes Visuales, por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, UMCE. Diplomada en Estética y Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile PUC. Ha desarrollado varios estudios sobre el arte y redactado un importante número de artículos al respecto.

 


Gadamer se ve impulsado a cuestionar la idea de método desde Descartes. No cuestionará el método mismo en cuanto vía de acceso a la verdad, sino el carácter de único y privilegiado que este tipo de saber discursivo y científico se arroga sobre la realidad, frente a otras experiencias de la verdad -como las humanistas-,  entre las cuales se encuentra el arte. Desde el arte y las humanidades tratará de hacer comprensible el fenómeno hermenéutico, en su dependencia a la tradición y los prejuicios, vistos en forma positiva, como la manera previa de instalarnos frente a la realidad, suerte de saber previo o arraigo contextual, que la tradición moderna había desacreditado. Gadamer comienza con el estudio de la estética kantiana, en pos de destruir lo que con el tiempo se ha llamado ‘esteticismo’ o autonomía exacerbada del arte, que escisiona su conexión con la realidad para alcanzar una comprensión de la experiencia estética de la verdad en la obra de arte, cuya dimensión ontológica ya había sido formulada por Heidegger y la cual lleva el arte hacia el campo de la hermenéutica, texto, interpretación o comprensión, frente a la experiencia del mundo.

Gadamer critica la estética tradicional, la llamada ‘conciencia estética’, denotando con ello la actitud de una conciencia que contempla de manera pasiva y puramente estética las obras de arte, en pos de una actitud participativa desde las nociones de arte como ‘Andenken’ (rememoración), juego y fiesta. La conciencia estética deviene abstracta del contexto vital, del espectador y la realidad misma. Para Gadamer lo que instaura la estética kantiana, al reducir la experiencia estética a un “juego libre de la imaginación y el entendimiento”, es situar lo bello al ámbito del sujeto, afirmando que el juicio de éste apela a vivencias subjetivas, propias de un saber autónomo, plenamente estético y escisionado del aspecto cognoscitivo, cuya finalidad no tiene fin y produce un ‘placer desinteresado’. Esta autonomía o desarraigo contextual que deviene ‘esteticismo’ en la posteridad, priva al arte de su carácter ontológico, de su posibilidad predicativa, cognoscitiva, o de ‘enunciar algo real’ cuyo modelo de formación (‘Bildung’) no consiste en acumular contenidos ni mentar la realidad al modo del saber científico, sino en formarse  a sí mismo, transformándonos en asenso a la generalidad, hacia un ser espiritual general, en un proceso que no llega a terminarse, un saber que no se logra por inducción lógica, sino por una especie de ‘inducción artística’ o ‘Takt’ (tacto) que existe en el sentido común, desacreditado desde el cartesianismo, cuya exigencia es una razón clara y distinta.

Junto con la fundamentación de las ciencias experimentales realizadas a través de la critica kantiana, surge la exigencia de que las humanidades deban normarse y guiarse por los mismos métodos rigurosos que posibilitan el éxito de las ciencias naturales, necesitando un método para las ciencias humanas, la formación, el sentido común, la capacidad de juicio o el gusto, que a partir de Kant ya no son propios del conocimiento, sino que pertenecen al campo estético, quitando a las humanidades su posibilidad de concebir y legitimar su pretensión o posibilidad de ‘mentar algo real’. Desacreditando cualquier tipo de conocimiento que no fuera el discursivo, el giro kantiano obligó a las humanidades a apoyarse en la teoría del método de las ciencias naturales, formando un abismo entre método y estética.

Con Kant, acontece la estetización del conocimiento ajeno o distinto a las ciencias, es decir, el humanista, asignándole una esfera propia o autonomía, y el juicio estético [1]  sería ámbito de la crítica del juicio, pero ¿cómo validarlos? Éstos juicios difieren de la universalidad y objetividad del conocimiento científico, entonces Kant optará por asignarles una validez subjetiva como juego de las facultades cognoscitivas (imaginación y entendimiento), cuyo patrón sigue siendo el de las ciencias exactas. Gadamer, por su parte, se aleja de la distinción kantiana entre belleza libre y belleza adherente, pues la belleza libre la constituye el objeto de un juicio puro de gusto, exento de moralidad o intelectualidad, mientras que la belleza adherente es menos pura en cuanto ‘adhiere’ a un concepto y su sentido no es simplemente estético. Para Kant, cuando un juicio de gusto adhiere a un fin, deja de ser “puro y libre”, aspecto que para Gadamer oculta una fatalidad, en el sentido que escinde el juicio estético de toda referencialidad al ser y al conocer, obligando a la estética a definirse en contraposición al conocimiento y a la moral.

Si bien Kant habla de la belleza como ‘símbolo de moralidad’, esto se esgrime teniendo en cuenta que habla de una naturaleza que, al parecer, quiere nuestra felicidad al poner en funcionamiento, mediante su belleza, nuestro aparato cognoscitivo, así este placer es puramente subjetivo, no obstante, universalmente compartido.  Desde ahí la preferencia kantiana por lo bello de la naturaleza, antes que lo bello del arte, pues en éste hay una suerte de llamamiento a nuestra naturaleza inteligible que es “deseado” y por lo tanto menos elevado. La obra de arte habla en un lenguaje inteligible, nos habla a diferencia de lo bello natural, que no  proporciona ningún enunciado, por lo tanto es más elevada, su pretensión se fundamenta en la teleología de la creación. 

Kant fue el primero en instaurar como pregunta filosófica la experiencia del arte y de lo bello, preguntándose qué es lo que debe ser vinculante en la experiencia de lo bello, cuando encontramos algo así, más allá de subjetivismos, pues esta universalidad no es como la del saber discursivo o el conocimiento de las ciencias. Entonces ¿qué verdad encontramos en lo bello, que la hace comunicable?-se pregunta Gadamer-. En primera instancia ninguna, en la cual apliquemos el concepto y el entendimiento, pero esta universalidad va mas allá de la mera subjetividad, pues, en palabras de Kant, lo bello exige aprobación universal, pero no de forma discursiva, a la vez ha de cultivarse en pos de distinguir lo bello de lo no bello, pero no para esgrimir razones, ni mediante cientificación.

El juicio de gusto fue ilustrado por primera vez por Kant mediante la belleza natural y no mediante la obra de arte. Esta belleza libre nos previene de reducir lo bello a conceptos. Gadamer se cuestiona e intenta trazar un puente ontológico entre el arte de ayer, contextualizado a una tradición religiosa o secular, y el arte de hoy, frente al momento en que el arte comenzó a girar en su esfera propia, desprendida de toda realidad con la vida, convirtiéndose en arte autotélico y tautológico; ahí comenzó la gran revolución artística acentuándose en la modernidad, hasta que el arte se ha liberado de todos los temas de la tradición figurativa, como es el arte sin objetos, conceptual o no objetual. Pero esto ¿sigue siendo arte?, ¿qué verdad se arroga?, ¿el arte ha sido siempre autotélico y tautológico? Para responder estas  preguntas, Gadamer llega a la exigencia de autonomía estética en Kant, en su concepto de “placer desinteresado” que es el goce de lo bello, lo que implica no tener interés práctico en lo “representado”. El gusto, como el sentido común, representa universalidad, es decir, implica que se subsume bajo conceptos ideológicos. Pero ¿cuáles son las experiencias en las que mejor se cumple este ideal de una satisfacción libre y desinteresada? Kant piensa en lo “bello de la naturaleza”, así serán bellas las cosas de la naturaleza en las que no se pone ningún sentido humano y sólo representen un juego de formas y colores, nada que deba ser reconocido o conocido sin la comprensión mediante conceptos, en el contexto de una “belleza libre”. 

Kant superó el punto de vista del gusto, a favor del “punto de vista del genio”, como una fuerza de la naturaleza que crea como ella, sin adaptarse conscientemente en un juego libre de la imaginación y el entendimiento. Frente a la aparente paradoja ontológica baumgarteana de la ‘cognitio sensible’, Gadamer, mediante la genealogía de los tres términos de arte, bello y estética, y con la ayuda de Kant, intenta reivindicar el carácter cognoscitivo del arte, viendo en Aristóteles y principalmente en Platón, una base sólida (desde  el ‘Fedro’ y su unidad entre la percepción espiritual de lo bello y el orden verdadero del mundo). La función ontológica de lo bello, manifestación sensible del ideal, consistiría en “cerrar el abismo” abierto entre éste y lo real, pues la experiencia de lo bello para Platón implica verdad, pero ¿esto puede ser aplicado al terreno del arte si Platón fue uno de los principales detractores de los artistas de la apariencia? Para esto se vale de Kant, no sin antes remitirse a la genealogía de lo bello, partiendo del griego Kálos, cuyo rasgo implica autodeterminación, no pudiendo preguntarnos por qué nos gusta algo sin ninguna referencia afín; sin esperar utilidad alguna, lo bello se cumple en una suerte de “autodeterminación” y se representa a sí mismo. Así Gadamer recurre a Kant tras separar algunas nociones matrices de la Critica del juicio, fija su atención en la belleza libre, caracterizada por Kant como aquella “libre de conceptos y significados”. El alcance del placer desinteresado y de la finalidad sin fin, se radicaliza en la intuición anticipada por Kant del arte moderno.

Para Gadamer, la formulación de la belleza libre como base de la experiencia estética alumbraría el sendero de un arte moderno, que crece en la constante autosuficiencia como arte. Kant contradice a Hegel. El arte clásico no posee conciencia de arte, mientras que sólo el arte moderno, el arte posterior a la “muerte del arte”, al no poder ser otra cosa que autosuficiencia, está en condiciones de habitar libremente la belleza. Así Kant preparó el terreno, pues para Gadamer, “desde que el arte no quiso ser ya nada más que arte, comenzó la gran revolución artística moderna”. La unicidad de lo artístico, del que pertenece a la tradición como aquél de la ruptura, quedaría  establecido por el común recurso a la autonomía de lo estético, con la diferencia de que en el llamado arte clásico esta autonomía se expresaba a pesar de la integración del arte en la comunidad y de la subsiguiente inconciencia del artista; en el moderno, fruto de la desintegración y de la autoconciencia, dicha autonomía adquiere un estatuto propio e inevitable.

 

Bibliografía

Acevedo Guerra, Jorge

Heidegger y la época técnica / Jorge Acevedo

Santiago, Chile : Universitaria, 1999

Bozal, Valeriano

Historia de las ideas estéticas / Valeriano Bozal

Madrid : Historia 16, c1997-1998

Gadamer, Hans Georg,   La actualidad de lo bello: el arte como juego, símbolo y fiesta  trad. Antonio Gómez Ramos. Barcelona Paidós 1991.

Gadamer, Hans-Georg  Verdad y método: fundamentos de una hermenéutica filosófica  Trad. por A. Agud Aparicio, Rafael de Agapito. Salamanca Sígueme 1977

Heidegger, Martin

Arte y poesía Martin Heidegger ; trad. y prólogo por Samuel Ramos.

México Fondo de Cultura Económica 1958.

[1] Lo propio del juicio es que aporta conocimiento y sólo en el ámbito del conocimiento tiene pleno sentido: ¿cómo puede hablarse de un juicio estético? Ante la afirmación “ese objeto es bello” podría argumentarse que existe algún conocimiento sobre el objeto, y así nos limitaríamos en poner un singular-el objeto- bajo una consideración general -la belleza que de él se predica- determinándolo (como bello) mediante esa cualidad. Sin embrago, Kant niega que la belleza sea una cualidad de los objetos en el mismo sentido en que, por ejemplo, sen cualidades peso o medida, y que la predicación de la belleza se asemeje a la predicación de cualquier otra cualidad. Para Kant, la belleza no es propiedad del objeto o proyección subjetiva. En la introducción a la Crítica del juicio, distingue dos clases de juicios: determinantes y reflexionantes. Juicio determinante es aquel donde lo particular se subsume bajo lo general; éste es el que entendemos como juicio, aquél en que se basa el conocimiento. El juicio reflexionante se configura de manera diferente: no ponemos particulares bajo lo general, bajo leyes, sino que lo particular busca lo general. El juicio reflexionante tiene la tarea de ascender en la naturaleza de lo particular a lo general y, por tanto, debe darse un principio que no se puede sacar de la naturaleza, precisamente porque es condición de todos los juicios dependientes de la experiencia (juicios empíricos). Este principio que no puede sacarse de la naturaleza es el de la finalidad de la naturaleza, como principio normador y trascendente.
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Arte
Campamento alegórico

Surcado arbitrariamente por los bailes y los saltos de una caravana de gitanos, por el abrazo del rizoma contra la tierra, por el paso de los túneles del topo y por el viento: el campo se encuentra listo y abierto –en esta sección de arte–, para dejar crecer desde sí a una tormenta de temporal que barra con el suelo liberando plantas y maleza; pozos, insectos, dioses; cruzados unos con otros del modo en que se cruzan las imágenes, los juegos, los tubérculos.

Galerías, obras, performance, exposiciones, museos, conceptos y personas: serán tratados en un artículo diferente cada mes –en la sección presente–; distinguiendo, sin embargo, a un elemento artístico en traslado: por un instante en el andar errático del tiempo crónico del arte, y al siguiente en el reconocimiento de un sitio semejante a un campamento saturniano, ocupado por alegorías en traslado.

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