Política ficción (2da parte)
Ernesto David Enríquez García
El pragmatismo por sí solo, como postura filosófica, resulta insuficiente cuando se intenta esquivar a la «política ficción». La pura praxis no puede detenerse a ofrecer una justificación teleológica, moral, positiva… de los «hechos reales», y en tal situación se hace patente la necesidad de un matiz filosófico más, que aunado al pragmatismo, ofrezca los criterios de discriminación que permitan a Carlos Salinas de Gortari conducirse por entre la multiplicidad de lo real y lo ficticio de la vida política, sabiendo sortear al rumor y a la especulación, en función del camino más apegado a la «realidad» (por estrecho que sea).
No ha de extrañar que en este punto se vuelva la vista al famoso liberalismo social del periodo salinista, referido por el mismo Carlos Salinas como la filosofía que desarrollaron él y su gabinete —el autonombrado grupo compacto—, durante el sexenio en que aquél ocupara la Presidencia de la República (1988-1994); a saber: cuando debió buscar proyectar con su propia persona una figura del político de «lo real», conocedor de los fundamentos, medios y fines más convenientes para la polis: —Sí somos pragmáticos, pero tenemos valores, tenemos principios, tenemos una filosofía en la vida que es la de servir a la gente, la de predicar con el trabajo, la de abrazar la libertad y la justicia; nosotros en México le llamamos ‘liberalismo social’—, [1] dice Salinas, tras elegir a los integrantes de su cabildo.
Siendo la libertad y la justicia los principios de autoridad (fines necesarios) de los que se hace la filosofía de Carlos Salinas de Gortari al arranque de su gobierno, la formación técnica del grupo compacto sólo hubo de aportar los criterios metodológicos que condujesen a aquéllas. Es entonces cuando resulta más llamativa la relación de la «política ficción» con el liberalismo social y con la tecnocracia aplicada durante el sexenio salinista. De algún modo, la frase en cuestión nos ha llevado de vuelta a la figura política de Carlos Salinas y su grupo, como el personaje mejor ubicado para sortear lo ficticio y mostrarnos la «realidad política del país».
Sin embargo, si se retorna al ámbito del rumor, en donde no es posible abstraerse del imaginario que experimentan las masas y en donde esta experiencia deviene múltiple en efectos, significaciones e interpretaciones posibles, se observa, entonces, que ahí se ha comerciado siempre con la ficción generada por la especulación de los actores políticos. Los líderes de opinión activan imágenes a las que las audiencias reaccionan, generando otras tantas con las que, a su vez, el líder trata. Cómo olvidar aquella gran cobertura por parte del aparato mediático, sobre el realmente poco probable «chupacabras» que asedió a la imaginación de los mexicanos hacia el fin del periodo de Carlos Salinas de Gortari, cuando otras imágenes que daban cuenta de condiciones económicas y sociales aciagas para el país eran mantenidas al margen.
Nótese cómo la «política ficción» que representa la figuración del «chupacabras» —si se especula al respecto—, cumple con la función de un incendio controlado y preventivo, cuando se sabe que por todas partes hay brazas a punto de saltar a la hierba seca. Recordemos que la imagen del «chupacabras» es inmediata a la crisis económica de diciembre de 1994. Oposición, medios, inversionistas, ciudadanía y demás, una mañana descubrieron que las circunstancias económicas de México habían dado un terrible revés, y que era otra la situación para todos. El peligro de un incendio social debió ser advertido por un grupo político al cual le importara prevenirlo (valga decir, aquél que en ese momento fuera el responsable de la administración pública, ocupante del poder); mientras, por otra parte, es plausible pensar que para especular con un rumor a nivel nacional, hace falta que su o sus operadores se ubiquen en una jerarquía elevada, además de contar con los medios suficientes para llevar a efecto los propósitos del acto que se pone en escena.
Situándonos en la ficción, ¿alguien podría afirmar que Carlos Salinas no sepa generar reacciones en la opinión pública, que no posea los medios para hacerlo, o que no tenga la proyección necesaria? ¿Se puede decir que no haya desarrollado nada de esto antes o ahora? Hablando de «política ficción», los mexicanos y Carlos Salinas de Gortari compartimos un historial que hace de la frase en cuestión: primero, un auto-señalamiento luminoso; luego la paradoja de una reducción de lo real que no constriñe, sin embargo, ni a aquél que le enuncia; y finalmente una hipocresía. —¡Política ficción!— se replicará ante esta urdimbre de figuraciones, y la pregunta consecuente ha de persistir: ¿Con qué criterio de «lo real»?
Concluyo con una entrevista realizada por Jorge Ramos a Carlos Salinas de Gortari, en la que se lleva a cabo un interesante recuento de sucesos de la vida política durante el salinismo, previos a lo que este llamativo ex mandatario de México cita y aborda en su segundo libro: La década perdida.




















